martes, 24 de mayo de 2011

LA IMPORTANCIA DEL TACTO

La piel es el órgano más extenso que tenemos y como tal tiene sus funciones. Lawrence K. Frank lo expresó de un modo particular y bastante acertado, “la piel es la envoltura que contiene al organismo humano”.
La protección que nos ofrece ante las agresiones del medio externo, ante agentes extraños, actuando de barrera física, y química gracias a la secreción de las glándulas sebáceas (de naturaleza grasa), a la excreción del sudor (de naturaleza ácida) y a la renovación de las células más superficiales de la piel formando el llamado manto ácido de la piel. Incluso evita la excesiva evaporación de agua procedente de las estructuras internas de nuestro organismo.
La excreción del sudor, además de regular la temperatura corporal, sirve para eliminar sustancias de desecho del organismo y para ayudar a la disminución de la acidez de los líquidos orgánicos. Es por este efecto eliminador por lo que se la denomina el “tercer riñón”.
También gracias a la importante red vascular que posee mantiene la temperatura interna de nuestro organismo; pero no olvidemos que dispone de estructuras nerviosas adecuadas para recibir todo tipo de estímulos de presión, temperatura, dolor, etc.
Si nos centramos en su función sensorial podemos darnos cuenta de la importancia que ésta tiene a nivel relacional. Es decir, la piel nos permite relacionarnos con el medio que nos rodea percibiendo nuestro entorno a través de un sentido, el tacto.
Es curioso observar cuán importante es el tacto y cómo no se le suele dar el valor que le corresponde por hábito o costumbre o por desconocimiento. En nuestra cultura de un modo y en otras culturas de otros modos, se expresan muchas emociones o sentimientos a través de éste sentido, unos amables (cuando nos presentan a alguien se le suele dar la mano, cuando queremos a alguien le solemos dar un beso o un abrazo, para consolar a alguien se le abraza y se le frota suavemente la espalda para calmarlo, alguna vez hemos acariciado el pelo de algún ser amado, la cara de algún niño pequeño, la piel de nuestro bebé, etc.) y otros no tan amables (pegar o golpear, arañar, empujar, agarrar, etc.).
Tenemos que tener en cuenta que el sentido del tacto es el primero en desarrollarse dentro del útero materno (en la etapa entre las seis y nueve semanas de gestación) y es el último que desaparece antes de morir. El antropólogo Ashley Montagu escribió: “Los seres humanos no pueden sobrevivir sin el tacto; es una necesidad básica”.
El tacto es el instrumento que utiliza el bebé, su guía, para descubrir dónde termina su propio cuerpo y dónde empieza el mundo exterior. En el transcurso de su aprendizaje se encuentra con superficies que lo enfrentan y superficies que ceden, con el calor y el frío, con objetos suaves y ásperos. Rápidamente empieza a conectar la experiencia visual a la táctil y empieza a enlazar lo que ve con su significado abstracto. El aprendizaje emocional también comienza a través del tacto.
Si se priva a un bebé de la primera experiencia de aprender a través del tacto, se le está privando de la posibilidad de conocer el concepto final, simbólico, que intrínsecamente posee lo tangible, la conexión entre lo visual y lo táctil no estará bien definida y tendrá dificultades para captar ideas abstractas.
Es por todo esto por lo que una temprana estimulación táctil, como puede ser el masaje infantil, favorece, no sólo la posibilidad de generar un mayor número de conexiones neuronales que van a redundar en un mayor conocimiento del propio cuerpo (coordinación, fuerza, flexibilidad, etc.) y del entorno que le rodea, sino que también va a ser un canal de aprendizaje emocional a través del cual se vaya forjando un vínculo seguro con sus progenitores, cuyos cimientos sean estables y perdurables como el cariño, el respeto, la confianza, etc.
Como decía Fréderick Leboyer: “¿Alimentar al niño? Sí, pero no solamente con leche. Hay que tomarlo en brazos. Hay que acariciarlo, acunarlo. Y masajearlo. Hay que hablar a la piel del pequeño. Hay que hablarle a su espalda, que tiene sed y hambre, igual que su vientre.”

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